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Hace 2500 años, el norte de Europa  occidental estaba poblado por los Celtas, un pueblo muy orgulloso y aguerrido. Eran grandes soldados, buenos agricultores y metalúrgicos muy hábiles.

Todos los celtas vivían de un modo parecido, aunque no eran un pueblo completamente uniforme, sino más bien una agrupación de muchas tribus, como Galos, Belgas y Aquitanos.

Los celtas penetraban en la península Ibérica, se mezclaron con los Íberos y dieron lugar a una cultura bien diferenciada de los celtíberos.

Casi todos vivían en aldeas o poblados fortificados. Las familias vivían en chozas grandes, algunas eran de piedra y otras de caña, madera y barro. Solían cubrirlas con paja para protegerlas de la lluvia, y siempre encima del fuego colgaba un caldero de hierro para cocinar o hervir agua. El pan se cocía en un horno de arcilla, y los miembros de la familia tejían, labraban la tierra o cocinaban cacharros de barro.

Dentro de la sociedad Celta, estaban los druidas, que eran un grupo muy importante; eran al mismo tiempo sacerdotes, jueces, consejeros y responsable de la educación de los hijos de los jefes. El sistema religioso de los druidas adoraba a muchos dioses, y la encina y el muérdago eran sagrados para ellos.

Nunca formaron una nación unificada, y fueron absorbidos por el Imperio Romano entre el 300 a.c y el 100 d.c. En ciertas zonas de Francia y las islas británicas aún se hablan idiomas de origen celta.